Anécdotas, historias, argumentos y novelas

Una historia literaria comprende más elementos que simplemente relatar las cosas que le suceden a una persona. Y, sin embargo, si un amigo te relata algo personal que le sucedió en el trabajo, en la escuela, o donde sea, captaría tu atención.
De hecho, si lo que cuenta es algo divertido, sorprendente o conmovedor de alguna manera, incluso podría ser bastante interesante. Este incidente podría involucrar coincidencia, suerte, aleatoriedad y al final no tener una conclusión real, pero eso no necesariamente te hará dejar de escuchar o interrumpir a cada minuto con preguntas (bah, hablo por la mayoría, pero hay excepciones).

Por otro lado, prueba poner esa misma historia en forma impresa y comprobarás que no tiene el mismo efecto. Ahora se verá artificial, difícil de creer, en muchas partes sin sentido, banal y al final decepcionante.

¿Por qué? ¿Qué hace que la ficción, ya sea un cuento o una novela, sea diferente de la vida real? ¿Y cómo podemos usar esta diferencia para ayudar a crear historias más atractivas y entretenidas?

En un nivel superficial, lo que tienen las novelas que la vida no tiene es una trama. La trama da estructura a la historia. Una buena trama le da una estructura dramática y juega con elementos que el escritor conoce: diseña emociones, provoca reacciones de forma consciente.

La vida a veces puede tener este tipo de estructura, pero tiende a ser más por pura suerte que por diseño. Esa persona, con la que hablaste en un bar y te cayó tan bien, cuyo número perdiste, aparece en la boda de tu prima. Ese partido de fútbol en el que haces una apuesta y parece estar perdido hasta que la puntuación cambia en los últimos cinco minutos.

Momentos de la vida real como éstos pueden sentirse como mágicos, y parecen sacados de una película, pero una vez que empiezas a ver cómo llegaste hasta allí y adónde vas a continuación, se desmorona la estructura literaria y no se sostiene el interés, porque no es muy probable que haya un clímax y una resolución a la altura. La vida rara vez permanece mucho tiempo en el modo historia, hay demasiadas variables y demasiados factores en juego.

Lo que te da la estructura dramática de una historia ficticia es más que un evento tras otro; da foco, propósito y sentido. En una historia ficticia hay un objetivo y hay obstáculos. Conflicto y resolución y más conflicto. Sí, esa parte suena como como la vida real, pero en la ficción todos estos elementos, los grandes momentos de drama y los pequeños momentos de tranquilidad, apuntan hacia el mismo objetivo.

Esto no es como la vida real

Si te contara cinco cosas interesantes (alegres, tristes, extrañas, emotivas) que me sucedieron en las últimas semanas, reaccionarías a esos incidentes de manera individual. Si todas esas cosas estuvieran conectadas por un tema común, entonces las anécdotas comienzan a tomar forma de historia. La racionalización de ideas en una sola narrativa forma lo que podríamos considerar un texto literario (junto a otras cosas, claro).

Pero eso no es suficiente para que sea una buena novela. Todavía falta algo.

Para que quede claro: la simple conexión de eventos de manera cohesiva y enfocada sí que puede ser intrigante y estimulante. Considera un juego de ajedrez. Un protagonista y un antagonista. Conflicto, acción y reacción, trampas y tácticas, desorientación y giros. Todos los elementos de la trama en algo que no es siquiera una historia propiamente dicha, es una anécdota. Y, sin embargo, si eres un fanático del juego de reyes, puede resultar tan atractiva como cualquier libro o película.

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Para hacer de este encuentro algo más que una simple batalla entre dos oponentes puedes observar más de cerca a los jugadores, su pasado y las decisiones que los llevaron a este encuentro. Si pones por un lado el joven genio autodidacta del barrio humilde jugando contra la brillante promesa de la élite universitaria por una plaza para las olimpiadas, el tablero de ajedrez comienza a adquirir una dimensión diferente.

Pero no solo son los personajes los que sacan una historia en condiciones de lo que antes era pura trama, aunque sí sean el vehículo para hacerlo. Lo que convierte la anécdota en historia literaria es el uso de valores. Con eso me refiero a las emociones, la ética, la moral, las creencias y cualquier otra cualidad que invite al lector a no solo observar la acción desde fuera, como lo harían en un juego de ajedrez, sino a juzgar lo que sucede y tomar partido: involucrarse. ¿Es correcto lo que hace? ¿Yo haría esto? ¿Hará ella lo que yo quiero que haga en esta situación? ¿Por qué hizo eso y no lo otro? ¿De qué lado estoy?

No importa mucho cuál es la pregunta o cómo se siente el lector al respecto, siempre que sienta algo. Porque tan pronto como comienzan a cuestionar las elecciones hechas en la historia y se ven a ellos mismos actuando en relación con lo que está sucediendo, reaccionando de forma emotiva, ya no están tratando esos eventos de ficción como palabras en una página, los están tratando como cosas que realmente sucedieron. Los están tratando como reales.

Aquí hay un ejemplo de lo que quiero decir:

Me encuentro con alguien que no he visto desde mis días de universidad. No recuerdo su nombre, aunque en aquellos años éramos amigos íntimos. La conversación es un campo minado para mí, ya que trato de tener una charla amistosa sin revelar mis lagunas.

Lo anterior es del tipo de cosas que le podrían suceder a cualquiera en la vida real y sobre las cuales tú podrías ir a casa y contarle a tu pareja como anécdota.

Aquí hay un incidente similar incorporando una trama:

José se encuentra con Daniel, a quien no ha visto desde la universidad. José le recuerda a Daniel que todavía le debe algo de dinero que debía enviarle por correo pero nunca lo hizo. Daniel no lo recuerda y se disculpa, pero no tiene dinero en efectivo en este momento. Pide la dirección de José para poder enviarle el dinero. José le sugiere que vayan al banco en la esquina. Daniel lo haría pero dice que llega tarde a una reunión y se va.

Acciones y reacciones que podría terminar en algo, pero hasta ahora son movimientos mecánicos,  parecidos al partido de ajedrez. Una anécdota un poco más detallada.

Bien, ahora la versión con valor agregado:

José se topa con Daniel, su viejo compañero del piso que compartían mientras estudiaban en la universidad. Le recuerda cierto dinero que le debe. Daniel no sabe de qué está hablando José y la conversación se va poniendo tensa. Daniel pone excusas y se apresura a irse, dejando olvidado su abrigo. José recoge el abrigo para ir tras Daniel y siente que hay una billetera en el bolsillo. En ella hay suficiente dinero para cubrir la deuda. José toma exactamente lo que le debe y deja el abrigo al barman. José se va a casa y le cuenta a su esposa lo que pasó. Ella era novia de José en esos tiempos y recuerda el incidente, solo que no fue Daniel quien quedó debiéndole dinero, era su otro compañero de piso, Andrés. José se da cuenta de que acaba de robar a su viejo amigo.

La razón por la que esta versión es más una historia literaria que las otras anécdotas no es simplemente porque sucedan más cosas (podría haber rellenado las otras versiones para que tengan la misma longitud), es por lo que hace José y las razones que lo llevan a eso. Esto abre debates de cuestiones éticas y morales, y también evoca emociones particulares. El enojo hacia alguien que se niega a admitir la verdad, el sentimiento de justicia que se justifica a sí mismo, la conmoción y la vergüenza de darse cuenta de que estaba equivocado. Todos estos sentimientos invitan al lector a juzgar sus propios valores en comparación a los valores y las acciones de los personajes en la historia.

El lector entonces se relaciona con el comportamiento del personaje, puede considerar que es una persona terrible o quizás pensar que no es tan grave. Realmente no importa qué emociones despierte mientras te involucres con la historia. La implicación del lector, su participación, es suficiente para empujarla anécdota al mundo de la historia literaria. Claro que esa anécdota está en modo argumento base. El desarrollo literario de esa historia hasta convertirla en buena literatura depende totalmente del escritor.

Cuán sutiles o flagrantes se muestren estos valores puede variar mucho. Algunos escritores están muy interesados ​​en dejar bien claro quién está en lo correcto y quién está equivocado. Otros novelistas pueden ser bastante ambiguos y quizás sea difícil saber si las acciones de un personaje estuvieron realmente justificadas. Pero al otorgar a la historia esta dimensión adicional pueden darle al lector una mejor idea de qué tipo de persona es su personaje y lograr una conexión más fuerte con la historia.

Todos los elementos de la trama se desdibujan en una historia bien contada. No es que no estén allí si se los busca en un análisis literario, sino que no se hacen evidentes y pasan a un segundo plano, donde lo importante es lo que sucede. Lo que todos los escritores deberían (deberíamos) intentar encontrar es algún grado de implicación emocional: esa magia que se consigue cuando el lector se zambulle en la novela hasta que el mundo real se le olvida.

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6 Respuestas

  1. hugo poblano dice:

    Muchas gracias Tomas por esta guía que en mi caso me abre ese horizonte a la hora de redactar un artículo, de invitar al lector a juzgar sus propios valores en comparación a los valores y las acciones de los personajes de la historia. Tal vez no me enfocado en estos aspectos para llamar la atención o llevar a la acción de mis mensajes, pero yo también quiero llegar a conseguir que mis mensajes logren interiorizarse en los lectores y haya ese cambio en su interior en beneficio de ellos mismos. Saludos

  2. Laura dice:

    ¡Muy buen artículo!

  3. si yo leí una novela de Steven King, que me saco de mi mundo real y me introdujo de lleno en la trama. Cuando eso sucede es que la novela es un gran relato.

  4. Exelentes puntos de vista, bueno para reencontrar motivaciones y movimiento en la tarea de escribir.Innegable realidad,implicarse en el contexto de la historia que vas creando. Saludos.

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